Delicias

Historias de Terror – Una historia de mi abuelo

A sus 30 años, mi abuelo era un hombre trabajador y terco. Una noche, a pesar de haberse lastimado la pierna, insistió en ir a trabajar.

Al salir del turno, caminaba hacia la casa de mi abuela cuando, en una calle solitaria, vio algo imposible:

Eran las 3:00 de la mañana, pero unos niños jugaban canicas bajo la luz de un farol. Sus risas sonaban demasiado nítidas para la hora.

—»Señor, ¿no quiere jugar con nosotros?» —le dijeron, mirándolo fijamente.

Mi abuelo, aunque extrañado, se detuvo un momento.
—»No puedo, niños. Es muy tarde y—»

Pero ellos insistieron, con voces que casi no parecían humanas. Al final, cedió.

El Juego que Nunca Terminó

El tiempo pasó volando. En 20 minutos, las canicas rodaban solas, como si manos invisibles las empujaran. De pronto, los niños anunciaron:

—»Vamos por más canicas. Espérenos aquí, señor.»

Se esfumaron en la oscuridad.

Mi abuelo esperó… hasta que oyó susurros entre los árboles:

—»No te vayas… Queremos seguir jugando.»

Algo le rozó la espalda. Cuando giró, no había nadie… solo canicas manchadas de sangre, como si llevaran años enterradas.

Mi abuelo corrió como nunca, sin mirar atrás. Al día siguiente, preguntó en el pueblo:

—»Ningún niño vive en esa calle», le dijeron. «Hace casi 50 años, tres hermanos murier0n ahí atropellados… Jugaban canicas en la madrugada.»

Nunca más mi abuelo volvió a pasar por esa calle

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