Delicias

Historias de Terror

El vigilante del panteón

En las afueras de un pueblo olvidado había un panteón viejo, rodeado de árboles secos y cruces torcidas. Nadie entraba después de las once de la noche. Decían que no era por miedo a los ladrones… sino a lo que cuidaba las tumbas.
Tomás era el nuevo vigilante. No creía en cuentos, necesitaba el trabajo. La primera noche fue tranquila, solo el viento y el rechinar del portón oxidado. Pero a las 2:17 de la madrugada, escuchó pasos entre las lápidas.
—Debe ser un borracho —murmuró, tomando su linterna.
La luz iluminó una tumba recién abierta. La tierra estaba removida… y había huellas que salían de ella, no que entraban.
Tomás retrocedió cuando escuchó una respiración lenta detrás de él. Al voltear, vio a un hombre alto, con uniforme viejo de velador, la cara pálida y los ojos hundidos.
—Aquí nadie se va… —susurró la figura.
Tomás corrió hasta la caseta y cerró la puerta. Afuera, los pasos se multiplicaron. Golpes. Lamentos. Voces que decían su nombre, aunque nadie lo conocía ahí.
Al amanecer, el pueblo encontró la caseta abierta. La linterna seguía encendida. De Tomás, solo hallaron su gorra… sobre una tumba que ahora tenía una lápida nueva.
Desde entonces, el panteón siempre tiene vigilante.
Aunque nadie vuelve a verlos salir.
Y si pasas cerca de madrugada…
no mires entre las tumbas.
Podrían estar buscando al siguiente.

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